
Ni Una Menos: Una lucha contra la legitimación de la violencia y el desinterés social
A más de una década de que el grito colectivo de "Ni Una Menos" sacudiera las fibras más íntimas de la sociedad argentina, el balance actual oscila entre la persistencia del dolor y la urgencia de un cambio estructural profunda. En el marco de un nuevo aniversario de aquella movilización histórica, los análisis sobre los avances y las deudas pendientes reflejan una realidad compleja en la que, lejos de registrarse un descenso en los índices de violencia, se perciben alarmantes señales de retroceso.
La problemática, de carácter multifactorial, sigue interpelando de manera directa a la comunidad. Al respecto, Leonor Bracamonte, referente de la Asociación de Mujeres en Ayuda Mutua por la No Violencia (AMAM), describió en LA BRÚJULA el escenario actual con crudeza:
"Seguimos a veces volvemos al punto de partida, así como hace 11 años, cuando comenzó el Ni Una Menos... Entonces , esto es antropológico, un dolor pero grande. Pero no obstante, la problemática continúa y no hubo descenso en el último tiempo"
La desconstrucción es con los varones
Frente a los intentos de encasillar el reclamo dentro de disputas político-partidarias o ideológicas, desde las organizaciones territoriales se recalca que la militancia feminista busca la igualdad de derechos y la protección de la vida, una tarea que resulta imposible de concebir sin la participación activa de los varones. "La sociedad no somos las mujeres solas... los hombres y mujeres son por igual de importantes. Entonces, ¿cómo vamos a construir o deconstruir una sociedad si no es con varones y mujeres? Todos juntos podemos cambiar esta historia", enfatizó Bracamonte, diferenciando la acción colectiva de cualquier bandera sectorial.
La marcha, según explican sus protagonistas, no se moviliza desde el resentimiento, sino desde una doble dimensión humana: "Ayer marchamos, no por odio... marchamos por amor a las que quedamos, marchamos por por amor y por dolor por las que perdimos". En ese sentido, se valoró de forma positiva la creciente presencia de varones en las manifestaciones recientes, considerándolo un indicador indispensable para avanzar en la prevención.
El peligro de deslegitimar a la víctima
Uno de los retrocesos más preocupantes señalados por los especialistas radica en el debilitamiento de las políticas públicas y en la instalación de discursos que siembran la sospecha sobre las mujeres que deciden denunciar. Esta tendencia, advierten, opera como un mecanismo de revictimización que desalienta la búsqueda de auxilio institucional.
"Los aspectos que se ha retrocedido es en materia de políticas públicas en general. Y además sembrar la idea de que una mujer que va a denunciar, ya por el solo hecho de ir a denunciar algún tipo de violencia, tiene que tomar tiene que tenérsela como una mujer que quizás está mintiendo. Entonces esto ya eso es como deslegitimar a la víctima".
La referente de AMAM explicó que, al tratarse mayoritariamente de delitos del ámbito privado, los procesos judiciales son complejos y costosos, requiriendo en muchos casos el pago de abogados particulares que las víctimas no pueden afrontar. A esto se suma la persistencia de sesgos institucionales donde aún se interroga a la denunciante sobre su conducta: "¿Y qué hiciste para que te pasara esto?, como si la víctima tuviera que hacer algo para que para ser tal".
Una estadística que no da tregua
Los datos respaldan la alarma de las organizaciones. De acuerdo con los análisis técnicos compartidos por especialistas en la materia, el porcentaje de denuncias falsas en contextos de violencia de género es extremadamente bajo. Sin embargo, el foco punitivo y el debate público suelen desviarse hacia esas excepciones en lugar de atender la urgencia de los femicidios. "Están matando una mujer cada 33 horas, una mujer por el odio y por el solo hecho de ser mujeres", alertó Bracamonte.
La violencia, recuerdan las expertas, no se limita a la agresión física o sexual; abarca aspectos psicológicos, patrimoniales y simbólicos que deterioran la vida de las mujeres de forma cotidiana, llegando en casos extremos al suicidio inducido o femicidio psicológico. Por ello, el llamado final de quienes asumen la tarea periodística y social con perspectiva feminista es a romper la indiferencia y asumir la responsabilidad colectiva que dictan las leyes y la ética: la violencia de género no es un asunto privado, es un problema social urgente que exige el compromiso de toda la comunidad para transformar la historia.


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