
Con la Bajada de la sagrada Imagen, dio inicio a las fiestas en honor a la Inmaculada del Valle.

En una jornada marcada por los contrastes climáticos y la intensidad espiritual, Catamarca comenzó a vivir este sábado sus días más sagrados. Bajo el lema “Peregrinos de esperanza”, y en el marco del Año Jubilar, la tradicional "Bajada" de la Imagen de la Inmaculada Concepción del Valle marcó el inicio de las festividades marianas, un rito que cada año renueva el vínculo indisoluble entre el pueblo catamarqueño y su Madre Morena.
​El reloj marcaba las horas de la tarde de un sábado caluroso cuando el repique de campanas anunció el momento cumbre. La sagrada imagen, venerada desde hace cuatro siglos, descendió desde su Camarín hacia el Presbiterio en brazos del obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč. Lo escoltaban el vicario general, padre Julio Murúa, y el rector del Santuario, padre Juan Ramón Cabrera, mientras una marea de pañuelos blancos y vivas estremecía la nave central de la Catedral y se extendía hacia el Paseo de la Fe.
​Como un signo de gracia, una leve llovizna comenzó a caer sobre la ciudad justo en el momento en que la Virgen tomaba contacto con su pueblo, un alivio que los fieles interpretaron como una caricia del cielo tras las altas temperaturas.
​Un llamado contra la apatía espiritual
​Una vez entronizada la imagen en el sitial festivo, y tras la lectura de una reseña sobre la vida del Beato Mamerto Esquiú —cuya figura cobra especial relevancia al aproximarse el Bicentenario de su natalicio—, Monseñor Urbanč pronunció una homilía de fuerte contenido social y teológico.
​Lejos de un mensaje complaciente, el prelado instó a los fieles a ser “testigos creíbles” en un mundo que definió como complejo: “Pedimos a la Virgen que nos ayude a acercarnos mejor a su Hijo Jesús... ante una humanidad tan apática e indiferente de todo lo que huele a trascendente y divino”, sentenció el Obispo.
​El mensaje pastoral puso un énfasis urgente en la institución familiar.
Urbanč rogó a la Virgen por hogares fundados en la “fe viva” y el “amor incontaminado”, enumerando virtudes cívicas y espirituales necesarias para el tejido social actual: “diálogo, respeto, pureza, honestidad, laboriosidad y austeridad”.
​La Iglesia de los pobres y el servicio
​En otro pasaje conmovedor de su alocución, el Obispo se dirigió a la “Madre de los pobres” con una petición que resonó fuerte entre las autoridades civiles presentes —entre ellas el intendente capitalino, Gustavo Saadi, y legisladores nacionales— y los peregrinos:
​“Enséñanos a ser pobres de verdad, es decir, a no apetecer más de lo que necesitamos y a estar prontos a compartir con quien más necesita. Que no cerremos el corazón ante el hermano que espera algo de nosotros”.
​Un inicio multitudinario
​La ceremonia no solo contó con la presencia física de miles de devotos que desbordaron el templo, sino también con una masiva participación digital a través de las redes del Obispado, uniendo a los catamarqueños de la diáspora y a fieles de todo el país.
​Con la Virgen ya en su trono y el pueblo en oración, Catamarca entra en un tiempo de gracia. Los próximos días serán un peregrinar constante hacia la Catedral, donde la fe popular buscará, como pidió su pastor, transformar la apatía del mundo en una esperanza activa y fraterna.


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