
El 25 de mayo en Catamarca: un mes de espera, recelo español y la "pigmentocracia" de la época
La Revolución de Mayo de 1810 es recordada como el hito fundacional de la patria, pero su impacto no fue inmediato ni homogéneo en todo el territorio. En Catamarca, la noticia del cambio de gobierno en Buenos Aires tardó casi un mes en llegar, abriendo un período de profunda incertidumbre y reconfiguración del poder local.
En diálogo con La Brújula, el docente e historiador Mario Vera explicó que, antes de la revolución, "el hombre fuerte de entonces de Catamarca era don Francisco de Acuña", un español natural de Valle Viejo que concentraba las jefacturas militar y económica como comandante de armas y teniente ministro de la Real Hacienda. El poder institucional residía en el Cabildo, una entidad con funciones similares a una municipalidad actual —encargada del aseo, los precios, la justicia y las milicias— cuyos cargos de regidores, alcaldes y alférez real eran ocupados exclusivamente por españoles.
Un mes de distancia y el "papelón" de la representación
La velocidad de la información en 1810 distaba mucho de la inmediatez actual. La destitución del virrey Cisneros se conoció en la provincia recién cuatro semanas más tarde. Según relata Vera:
"Recién el 22 de junio llega un propio, es decir un caballo, un chasqui, un mensajero que había viajado desde Buenos Aires a través del Camino Real y llega a Catamarca (...) al Cabildo que estaba ubicado en la actual esquina de República y Rivadavia".
La Primera Junta había solicitado que cada ciudad enviara un representante a la capital. En un primer momento, los capitulares catamarqueños eligieron al propio Francisco de Acuña. Sin embargo, esta designación fracasó por motivos de origen: "Ahí pasamos el primer papelón los catamarqueños, porque cuando este hombre llega a Buenos Aires y presenta sus papeles, se da con que había nacido en Galicia, o sea que era un español". Ante el rechazo de la Junta, que exigía la elección de un criollo, Catamarca debió nombrar en su lugar a don Antonio Olmos de Aguilera, oriundo de Las Chacras.
Mitos y realidades de la vida colonial en Catamarca
El historiador también se tomó un espacio para desmitificar las estampas escolares tradicionales sobre la vestimenta y las costumbres de la época, destacando las marcadas divisiones sociales de lo que denominó una "pigmentocracia".
La obsesión por la blancura: El uso de guantes largos, sombrillas y tules por parte de las mujeres de la élite respondía a un mandato social de no exhibir la piel tostada. "Eso era obligado por las mujeres blancas porque estaba mal visto ser un moreno, estaba muy mal visto este ser trigueño, tostado y obviamente mucho menos negro", afirmó Vera, señalando que trabajar al sol era propio de las clases bajas y que recién a finales del siglo XIX la clase alta empezó a valorar el tomar sol.
La indumentaria: Mientras la clase alta vestía a la usanza española —similar a la estética de la serie El Zorro—, el gaucho usaba chiripá, poncho y bota de potro. Vera aclaró que la bombacha de gaucho no existía en 1810, ya que "recién llega en 1860", y que en los actos escolares se suelen cometer errores como el uso de vestidos a lunares: "En 1810 no había la tecnología en la industria textil para que haya esos lunares; eran vestidos todos lisos, a lo sumo a rayas".
Zapatos idénticos: Un dato curioso aportado por el docente es que los zapatos de la época no se fabricaban con distinción de lado. "Esos zapatos eran los dos pies iguales, digamos no existía el izquierdo o el derecho como tenemos hoy en día (...) eran así como hoy usamos las pantuflas".
Gastronomía: Si bien el locro, los estofados y los guisados eran comunes en el norte debido a la abundancia de carne, el clásico asado a la parrilla es un elemento moderno. En la época de la Revolución "se usaba el asado a la estaca, a la llama o el asado con cuero; el asado a la parrilla llega recién en 1900".
El legado institucional y educativo
Al ser consultado sobre la vigencia de los valores de Mayo, Vera destacó que el proceso implicó el abandono de la monarquía para instaurar la república, introduciendo conceptos fundamentales como la división de poderes, la periodicidad de las funciones y una incipiente democracia. "Debemos volver a beber esta agua pura de la nacionalidad que emanó del manantial de mayo de 1810", reflexionó.
Finalmente, el historiador subrayó el rol de la educación en la provincia, recordando que la mayoría de los protagonistas locales de la revolución se educaron en el Colegio de San Francisco (actual Colegio Quintana). Esta institución, fundada en 1740, no solo formó a la clase dirigente y política de Catamarca durante generaciones, sino que también cumplió una función clave para el desarrollo socioproductivo de la región al enseñar oficios esenciales como carpintería, herrería, zapatería y albañilería.


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